
Un proyecto que se explica solos con una imagen. En Lac La Biche, al noreste de Edmonton, el futuro Museo de Arte y Artefactos de los Pueblos Aborígenes (MOAPAA) tomará forma entre álamos temblones, senderos curvos y una envolvente de madera que se mueve con el viento. Detrás está SPECTACLE Bureau for Architecture and Urbanism, un estudio que ha apostado por algo poco habitual en la arquitectura museística: construir desde el territorio y no desde el edificio.
Siete artistas, siete caminos
El museo se levanta en tierras del Tratado 6, territorio ancestral de los pueblos de las Primeras Naciones y del pueblo Métis. Ese punto de partida no es decorativo. Alrededor del edificio se dibujan siete senderos elípticos entrelazados, uno por cada miembro fundador del colectivo Professional Native Indian Artists Inc. (PNIAI), formado en Winnipeg en 1973: Jackson Beardy, Eddy Cobiness, Alex Janvier, Norval Morrisseau, Daphne Odjig, Carl Ray y Joseph M. Sánchez. Donde los senderos se cruzan nacen plazas públicas, y cada uno llevará una escultura encargada a artistas indígenas. Es una manera bastante literal de contar una historia: la de siete trayectorias que se encontraron, se separaron y volvieron a confluir.
El paisaje se completa con la replantación de un bosque de álamos temblones en toda la parcela, una decisión que busca recuperar biodiversidad y que también define la estética del conjunto. Los listones verticales de la fachada, articulados en su parte alta, acompañan el ritmo de los árboles y se mecen con la brisa. El resultado es un paseo sombreado, íntimo, que invita más a quedarse que a atravesar deprisa. Una rampa trasera sube a un jardín en cubierta con pradera de plantas medicinales y ceremoniales —salvia, hierba dulce, flores silvestres— y una terraza de madera para unas 60 personas.
Madera local, interiores que se reinventan
La superestructura se resuelve principalmente con madera laminada de origen local y sostenible, acompañada de sistemas ambientales avanzados: electrificación completa, recuperación de calor, intercambiadores geotérmicos y calefacción radiante. La idea es mantener un clima interior estable con emisiones mínimas. Y hay un detalle que dice mucho del enfoque: la bóveda de almacenamiento de la colección está diseñada para resistir un incendio forestal catastrófico, incluso en el escenario de perder la estructura principal. Proteger el patrimonio frente al riesgo climático no es un añadido, es parte del programa.
Dentro, el museo huye de la «caja blanca». En el centro de la galería, un sistema de plataformas retráctiles pasa de auditorio con gradas a bancos o pedestales, o desaparece en el suelo para dejar una sala diáfana. Una red de muros centrales y giratorios permite recomponer las salas hasta el infinito, generando flujos superpuestos entre obras. También se han eliminado los mostradores de recepción al uso: la bienvenida es informal, sin barreras entre personal y visitantes.
De interés: Casa Una cuenta con varias zonas programáticas bajo una cubierta hecha en madera laminada
Joseph M. Sánchez, curador jefe del museo, lo resume con claridad: «El arte no es un objeto. El gran arte busca la comunicación espiritual». Sonia Gagné, del jurado de Canadian Architect, destaca precisamente el contraste controlado y el proceso colaborativo. No en vano, el proyecto —Premio Canadiense de Excelencia en Arquitectura 2025— se desarrolló codo con codo con Sánchez, Donna Feledichuk y Ruby Sweetman, anciana y guardiana de la pipa sagrada de Portage College.
El MOAPAA albergará la colección más extensa del mundo dedicada al PNIAI y aspira a ser destino para comunidades indígenas, artistas, académicos y curiosos. Con 1.630 m² construidos, está en fase de diseño esquemático y recaudación de fondos, con finalización prevista para 2030. Queda tiempo, sí, pero la propuesta ya tiene lo más difícil: una idea clara de lo que quiere ser.









