Así sobreviven los árboles más altos del mundo a la gravedad y la sequía

Imagina que estás frente a un edificio de veinte pisos. Ahora imagina que ese edificio no tiene bombas de agua, ni tuberías presurizadas, ni electricidad. Y, sin embargo, cada día tiene que hacer llegar litros de agua desde sus cimientos hasta la última azotea. Eso es lo que logran, con aparente naturalidad, los árboles más altos del planeta.

En los bosques de Borneo, algunas dipterocarpáceas superan los 70 metros de altura. Para ponerlo en perspectiva: una casa de tres pisos no llegaría ni a cubrir el diámetro de su base. Desde hace décadas, los botánicos daban por sentado que estos colosos eran los más vulnerables al cambio climático. La lógica parecía impecable: si subir agua 70 metros ya es un desafío físico titánico, ¿cómo iban a resistir una sequía prolongada sin que su sistema hidráulico colapsara?

Pues bien, un estudio publicado recientemente en la revista Science ha dado la vuelta a esa idea. Y lo ha hecho con datos tomados en terreno, durante uno de los episodios de El Niño más severos que hemos vivido.

El xilema: la fontanería que no necesita electricidad

Para entender el hallazgo, hay que hablar primero del xilema, el sistema de conductos internos que utilizan los árboles para transportar agua desde las raíces hasta las hojas. Esa red de «mangueras» vegetales tiene un enemigo natural: la fricción. Cuanto más largo es el recorrido, más fuerza hay que aplicar para que el agua no se detenga.

Lo que descubrieron los investigadores —y esto es clave— es que estos árboles gigantes han desarrollado una estrategia de fontanería sorprendentemente simple pero efectiva: ensanchan sus vasos conductores en la base. Es como si, en lugar de usar una manguera estrecha para regar todo el jardín, conectaras una tubería de mayor diámetro en la salida del grifo. Eso reduce la resistencia y permite que el flujo se mantenga hasta las hojas más altas sin necesidad de bombas ni esfuerzos extra.

El equipo midió 38 árboles de alturas muy diversas, desde apenas 7 metros hasta los 71 metros de los ejemplares más viejos. Y comprobaron que, a mayor altura, mayor era el calibre de esos conductos en la parte baja del tronco. La naturaleza, una vez más, había resuelto con geometría lo que parecía un problema físico insalvable.

Los árboles de dipterocarpáceas más altos no presentan mayores problemas hidráulicos que los más pequeños.
Escaneos tridimensionales (3D) de dipterocarpáceas abarcan el rango de altura estudiado. A medida que los árboles crecen, los ajustes en su sistema de transporte de agua compensan las mayores distancias entre las hojas y el suelo, así como el mayor efecto de la gravedad sobre el xilema, lo que resulta en una función que no se ve afectada por la altura. Una persona y una casa de tres pisos sirven como referencia de escala. [Escaneos 3D realizados por M. Disney y colaboradores, University College London (UCL), Geografía, Reino Unido]

Hojas que no se rinden bajo presión

Pero el agua no solo tiene que subir. También tiene que ser utilizada en la copa, donde la «tensión» o succión es tan intensa que en cualquier planta normal los tejidos colapsarían. Los botánicos miden esta tensión con un concepto llamado potencial hídrico, que viene a ser el grado de «sed» que experimenta la planta.

Los datos recogidos durante el fuerte episodio de El Niño de 2023-2024 mostraron algo inesperado: las hojas de los gigantes de 70 metros soportaban potenciales hídricos tan bajos como las de los ejemplares jóvenes. Es decir, no solo el agua llegaba arriba, sino que las hojas mantenían la fotosíntesis activa mientras que otros árboles más pequeños ya habían empezado a cerrar sus estomas para ahorrar recursos.

Una de las investigadoras del estudio, que prefirió mantener el anonimato hasta la publicación definitiva de los datos complementarios, comentó en una comunicación informal que «ver esos valores en la copa de un árbol de 70 metros fue como comprobar que un corredor de maratón puede mantener el mismo ritmo en el kilómetro 40 que en el primero. No debería ser posible, y sin embargo ocurre».

Burbujas asesinas: el miedo de los ecólogos

Uno de los grandes temores de los ecólogos forestales es la embolia gaseosa —la formación de burbujas de aire en el xilema que bloquean el paso del agua, algo así como un infarto en el sistema circulatorio del árbol. Durante años se pensó que los árboles más altos, al estar sometidos a una presión hidráulica extrema, eran los primeros en sufrir este fenómeno en épocas de sequía.

Pues no. Los datos de la Reserva Forestal Kabili-Sepilok, en el estado malasio de Sabah, fueron concluyentes: los gigantes mostraron la misma resistencia a las burbujas que los árboles de apenas unos metros. Durante los meses más secos de El Niño, su crecimiento no se redujo más que el de sus vecinos bajos. La altura, en este caso, no era sinónimo de fragilidad.

Esto contradice décadas de modelos teóricos que asumían una relación directa entre tamaño y vulnerabilidad hídrica. Y obliga a preguntarse: ¿cuántas de nuestras certezas sobre los bosques tropicales están basadas en suposiciones que no hemos puesto a prueba en el campo?

Minoría absoluta, mayoría de carbono

Hay un dato que pone todo esto en perspectiva. Estos árboles de más de 60 metros representan apenas el 1% de la población del bosque. Pero ese 1% almacena más de la mitad del carbono de todo el ecosistema. Son, literalmente, los pulmones más eficientes del planeta.

Pero su función va más allá de ser depósitos de carbono. A través de la evapotranspiración, lanzan toneladas de vapor de agua a la atmósfera, alimentando los ríos voladores que generan lluvias a cientos de kilómetros de distancia. Proteger a un solo ejemplar de 70 metros no es un gesto simbólico: es asegurar la lluvia de hectáreas enteras de selva.

El microclima como escudo invisible

Uno de los hallazgos más fascinantes del estudio tiene que ver con el entorno inmediato de la copa. Los autores sugieren que la vulnerabilidad de un árbol no depende tanto de su altura absoluta como del microclima que genera su propia estructura. Las ramas superiores, al entrelazarse, crean sombra y retienen humedad. El follaje capta agua del rocío y de la niebla matinal, reduciendo la exposición directa al sol y al viento.

Es como si cada gigante construyera su propia burbuja climática. Y eso cambia nuestra forma de entender la supervivencia forestal: no es solo cuestión de adaptaciones internas, sino también de cómo el árbol modifica su entorno para protegerse.

Lo que aún no sabemos

Este descubrimiento nos devuelve una dosis de esperanza, pero también nos confronta con nuestra propia ignorancia. Si los árboles más altos no son los más frágiles, ¿entonces quiénes lo son? ¿Qué otros mecanismos de resistencia estamos pasando por alto? ¿Cómo afectará esto a los modelos de predicción sobre la respuesta de los bosques tropicales al calentamiento global?

El equipo de investigación ya está planeando una segunda fase del estudio, centrada en medir el intercambio gaseoso en tiempo real durante la próxima estación seca. Y, mientras tanto, los gigantes de Borneo siguen en pie, desafiando la gravedad y la sed con una serenidad que nos recuerda que, en la naturaleza, lo que parece una debilidad suele ser, simplemente, una adaptación que aún no hemos comprendido del todo.


Fuente: Science

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