En Bavi Heritage la arquitectura aprende a escuchar al bosque

En Ba Vì, Vietnam, donde un viejo complejo de cantería y carpintería llevaba décadas respirando entre pinos, robles y árboles nativos de buen porte. En vez de arrasarlo todo para levantar un resort de esos que parecen sacados de un catálogo, el equipo de Sonthai Architects Associates (SAA) optó por una vía distinta: trabajar con lo que ya estaba ahí.

Y no se trató de un gesto simbólico. El proyecto respetó los árboles maduros uno por uno, mantuvo los senderos que ya existían, conservó el terreno tal cual y puso en valor los restos de aquellos talleres artesanales que llevaban generaciones en manos de la misma familia. La pregunta que guió todo el proceso no fue «¿qué forma le damos?», sino algo mucho más incómodo: ¿se puede construir sin romper la continuidad del lugar?

Pues bien, la respuesta fue sí. Y el resultado se llama Bavi Heritage.

Cuatro pabellones, cuatro conversaciones con el terreno

Una de las cosas que más llama la atención de este proyecto es cómo se resolvió el alojamiento. Nada de bloques uniformes repetidos hasta el infinito. Aquí hay cuatro tipologías de pabellones, y cada una responde a su manera a las variaciones del terreno y a la ubicación exacta de los árboles. Es decir: cada unidad ajusta su forma y su superficie para esquivar raíces y minimizar el impacto en el suelo.

Y conviene subrayarlo, porque esto no es solo una cuestión ecológica. Es arquitectura pura y dura. En lugar de extenderse horizontalmente y comerse el bosque, los pabellones se organizan en vertical. Menos huella, más eficiencia espacial. Los accesos siguen siendo de tierra compactada —nada de pavimento duro— para que el suelo siga siendo permeable y el terreno mantenga su continuidad.

Hay incluso algo que podría llamarse «incomodidad controlada». Suena raro, cierto. Pero es una decisión consciente: caminar por senderos de tierra, sentir el desnivel, rozar las raíces… forma parte de la experiencia. El bosque no es un decorado. Es un agente que moldea las decisiones arquitectónicas. Los edificios no compiten con su entorno; están configurados por él.

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La memoria del taller como esqueleto del proyecto

Ahora viene la parte que, personalmente, resulta más valiente. Los antiguos talleres —brutos, utilitarios, visualmente sobrios, sin nada de monumental— podrían haberse descartado sin que nadie levantara una ceja. ¿Quién iba a echar de menos unos galpones de piedra y madera?

Pero el equipo hizo justo lo contrario. Conservó y reforzó los muros de piedra rústica, y los puso a dialogar directamente con nuevas estructuras de hormigón visto. Sin fusiones perfectas, sin disimulos. El contraste entre lo viejo y lo nuevo se mantiene visible, legible. La historia no se representa con decorados: se revela a través de la materia y de la continuidad estructural.

Y hay un detalle que merece la pena destacar. Las antiguas rutas de circulación industrial se reinterpretaron como corredores largos, bien iluminados naturalmente, que funcionan como arterias principales del complejo. Mejoran la ventilación cruzada. Moderan el microclima tropical. En otras palabras: lo que antes servía para mover piedras y madera, ahora sirve para mover aire y luz. La sostenibilidad, aquí, no es una capa técnica añadida al final. Es el resultado directo de una buena lógica de diseño.

Las funciones clave —recepción, áreas de servicio, espacios técnicos— se construyeron directamente sobre los cimientos de los antiguos talleres. Menos excavación, menos residuos, menos energía incorporada. Y, de paso, se preserva la continuidad topográfica del sitio. Todo encaja.

El agua, ese pozo centenario y el lujo de lo sobrio

Hay un elemento que suele pasar desapercibido en los proyectos de este tipo: el agua. Aquí los patios y jardines recogen, filtran y reutilizan el agua de lluvia, integrándose con un pozo de casi un siglo de antigüedad que históricamente fue el centro hidrológico del lugar. Juntos forman un sistema de circuito cerrado que abastece el uso diario y el riego del paisaje. Nada de soluciones traídas de fuera: la infraestructura ya estaba ahí, solo había que escucharla.

Y luego está la Casa Zen Privada. Se levanta en el emplazamiento de la antigua casa familiar, sin fines comerciales, como un espacio íntimo de meditación y retiro. Su sala superior se abre directamente a la copa de los árboles. La luz, el viento, el sonido ambiental… todo se convierte en parte de la experiencia arquitectónica. Un recordatorio de que quien impulsó el proyecto tenía una conexión personal con esa tierra. Eso se nota. Y se agradece.

Porque, seamos honestos, Bavi Heritage redefine bastante bien eso que se llama «lujo». Nada de opulencia material ni exceso programático. El valor está en la sobriedad, en la autenticidad, en la proximidad a la naturaleza. La arquitectura actúa como un marco que facilita la experiencia, no como una presencia que la domina.

Premios:

El proyecto recibió un doble reconocimiento en la categoría de Edificios Turísticos y Complejos Vacacionales en la 53.ª —y última— edición de los Premios WA.

The Architecture MasterPrize™ (AMP) 2026, categoría Arquitectura conceptual.

Datos técnicos

Nombre: Bavi Heritage
Ubicación: Ba Vì, Vietnam
Superficie del terreno: 9,5 ha
Superficie bruta construida: 13.971,7 m²
Densidad: 9,6%
Función: Complejo turístico, spa (Jjimjilbang), restaurante, espacio para talleres y alojamiento en pabellones
Arquitecto principal: Nguyễn Thái Sơn
Equipo de diseño: David Lee, Sophia Muller, Nguyễn Thành Phong
Equipo de construcción ecológica: SAA Green Team
Ingeniero estructural: Hà Văn Kha
Ingeniero MEP: Trịnh Tiến Đông

Fuente: Sonthai Architects Associates

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