Foto: Selva Maya Guatemala, Wikipedia
Como todos sabemos, los bosques son indispensables para los seres humanos y la naturaleza. Aproximadamente el 80% de las especies terrestres habitan en los bosques, y cientos de millones de personas dependen de ellos para su supervivencia. Además, los bosques capturan CO2, proporcionan oxígeno, lluvia, madera y otros productos, purifican el agua, retienen partículas contaminantes y nitrógeno, ofrecen refrigeración y espacios para la recreación. Y mucho más.
Por lo que a mí respecta, que los bosques ocupen espacio no supone ningún problema. De hecho, me gustaría que ocuparan aún más.
Sin embargo, al calcular el impacto ambiental de los materiales para las EPD (Declaración Ambiental de Producto, en inglés Environmental Product Declaration -EPD-) y los ACV (Evaluación del ciclo de vida -ACV-) , el uso del suelo está directamente relacionado con la degradación del suelo y, por lo tanto, se puntúa negativamente. Como resultado, la madera obtiene una puntuación menor de la esperada, incluso la madera procedente de una gestión forestal sostenible demostrable (certificada).
Sí, un bosque ocupa más espacio que, por ejemplo, una mina o una cantera. Y un bosque gestionado de forma sostenible a gran escala requiere aún más espacio para producir la misma cantidad de madera. Pero, ¿es un problema que un bosque ocupe tanto espacio?
Los numerosos aspectos positivos del uso del suelo forestal no se incluyen en la puntuación. La metodología para calcular el impacto de los materiales no tiene en cuenta valores positivos, como los servicios ecosistémicos. Esto es lamentable.
Los bosques gestionados de forma sostenible conservan su biodiversidad y sus funciones (sociales). Además, la demanda de madera producida de forma sostenible incrementa el valor de los bosques, reduciendo así el incentivo para convertirlos a otros usos del suelo. En países donde la gestión forestal que incluye la explotación maderera es rentable y/o donde los bosques se valoran en un sentido amplio, la superficie forestal ha aumentado en las últimas décadas (siglos). En otras palabras: una fuerte demanda de madera para aplicaciones de alto valor, por la que se paga un precio justo, incentiva la expansión forestal.
Una menor calificación ambiental para la madera producida de forma demostrablemente sostenible, en comparación con los materiales no renovables provenientes, por ejemplo, de la minería, no ayuda en este sentido. No contribuye a fortalecer la justificación económica de la gestión forestal sostenible ni a estimular la conservación de los bosques. Tampoco ayuda a que la madera ocupe un lugar aún más destacado en aplicaciones de alto valor, como la construcción, donde actúa como sumidero de carbono en la lucha contra el cambio climático.
El hecho de que los productos de los bosques y otros ecosistemas naturales no sean valorados por todos sus beneficios es una omisión que nos afecta como mundo y como sociedad. Es necesario ajustar la metodología para abordar esta situación cuanto antes. ¿ Quién asumirá el reto?
Autor: Por: Mark van Benthem, director general de Stichting Probos










