En el Ecoparque Ciénaga de Mallorquín el paisaje urbano se pliega ante el humedal

Barranquilla, Colombia. Un punto exacto donde el río Magdalena encuentra el mar Caribe. Allí, la Ciénaga de Mallorquín había quedado atrapada entre el avance de la ciudad y las transformaciones impuestas por la ingeniería del siglo pasado. La construcción de Bocas de Ceniza y el crecimiento urbano desordenado fueron fragmentando su equilibrio. El manglar, ese ecosistema vital que alberga más de 200 especies de aves, comenzó a degradarse. La ciudad perdió la memoria de su humedal.

En ese contexto surge el Ecoparque Ciénaga de Mallorquín. Diseñado por DEB Architecture y El Equipo Mazzanti, el proyecto no impone una intervención monumental. Tampoco se limita a restaurar el ecosistema desde la distancia. Plantea algo diferente: un borde activo, una franja habitada que protege y permite el acceso al mismo tiempo.

La estrategia se despliega sobre 61.834 metros cuadrados. Pasarelas elevadas recorren el territorio sin tocarlo. Plataformas de observación se convierten en ventanas hacia la biodiversidad. Áreas de descanso y encuentro aparecen distribuidas a lo largo del recorrido. La lógica es clara: la experiencia del humedal no requiere de su ocupación directa. Los senderos elevados garantizan que los ciclos hidrológicos y biológicos continúen su curso sin interrupciones.

El proyecto organiza sus usos en distritos. En su primera fase, dos áreas estructuran la experiencia. El Distrito de la Contemplación orienta al visitante hacia la observación de aves y la educación ambiental. El Distrito de la Familia abre espacios para el encuentro social y las actividades recreativas. Cada uno responde a una forma distinta de habitar el paisaje, sin perder de vista que el protagonista sigue siendo el ecosistema.

La pesca artesanal, actividad tradicional de la comunidad local, encuentra su lugar en esta estructura. El Ecoparque no la desplaza ni la folkloriza. La integra como parte del tejido cultural que ha mantenido vivo el humedal durante generaciones. La coexistencia entre conservación y uso comunitario se convierte así en un principio operativo, no en una declaración de intenciones.

Las estrategias paisajísticas articulan la transición entre la ciudad y el humedal. La vegetación funciona como filtro, el espacio público como mediador y la restauración ecológica como proceso continuo. Los límites entre lo construido y lo natural se vuelven difusos. La experiencia del visitante transita gradualmente del entorno urbano a la inmersión en el manglar, sin rupturas bruscas.

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Este enfoque trasciende la lógica del objeto arquitectónico. El Ecoparque se entiende como un sistema abierto, en evolución constante. Su propósito no se agota en la recuperación de un ecosistema degradado. Apunta más lejos: replantear la relación entre las ciudades y sus entornos naturales desde el equilibrio y la convivencia. No se trata de aislar la naturaleza ni de domesticarla. Se trata de habitarla de otra manera.

El reconocimiento internacional ha acompañado este planteamiento. El Premio Internacional de Honor AIA 2025 en Diseño Urbano, el Premio AIA al Futuro Sostenible 2025, el Dedalo Minosse OCCAM Under 40 2025 y el Architizer A+ 2026 avalan la pertinencia de un modelo que integra arquitectura, urbanismo y ecología en territorios costeros vulnerables.

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La Ciénaga de Mallorquín recupera así su lugar en la vida de Barranquilla. No como un paisaje protegido y distante, sino como un borde vivo donde la ciudad aprende a plegarse ante el humedal.

Fotografías: Alejandro Arango
Fuente: DEB Architecture

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