Por qué los bosques están dejando de crecer pese a tener más CO₂

La ciencia lo repetía como un mantra. Más dióxido de carbono en la atmósfera equivaldría a árboles más vigorosos, bosques más frondosos, un sumidero de carbono cada vez más eficiente. El sentido común lo refrendaba: más alimento, más crecimiento. La realidad está resultando ser tozuda. Los bosques están frenando su expansión justo cuando el CO₂ alcanza cifras récord.

Los datos no mienten. Los dendrómetros instalados en Suiza llevan años registrando esta desaceleración. El fenómeno no es local. En toda Norteamérica, los patrones se repiten. Algo fundamental se ha roto en la relación entre la energía que la naturaleza captura y su capacidad para convertirla en madera. Los investigadores hablan de una desconexión crítica.

El aire seco: el nuevo enemigo silencioso

Existe un parámetro que los ecólogos conocen bien: el Déficit de Presión de Vapor, o VPD por sus siglas en inglés. Lo definen como la «sed» que tiene el aire. Mide la diferencia entre la humedad que la atmósfera podría retener y la que realmente contiene. Cuanto mayor es esa diferencia, más fuerza ejerce el aire para succionar el agua del interior de las plantas.

Las proyecciones para el periodo 2050-2069 resultan inquietantes. Bajo el escenario de emisiones SSP2-4.5, el sur de Europa se convertirá en la región más castigada. Se espera un incremento del 30% en la sequedad atmosférica. No se trata solo de falta de lluvia. El aire mismo se vuelve hostil. Los árboles, para sobrevivir, cierran sus estomas. Detienen su desarrollo. El suelo puede conservar humedad, pero la planta se protege. La sed atmosférica resulta más determinante que la escasez de precipitaciones.

Brendan Clark, investigador postdoctoral en la Universidad de Cornell, lidera el estudio que ha puesto el foco en este fenómeno. Su diagnóstico es contundente: «Es probable que los modelos terrestres subestimen los efectos del aire más cálido y seco sobre el crecimiento real de la vegetación».

El cambio relativo en VPD, potencial hídrico del suelo, temperatura, precipitación y radiación total bajo SSP2-4.5 (2050–2069) menos el período histórico (1990–2009) según lo simulado por CESM2-WACCM6.

El divorcio entre comer y crecer

La investigación de Clark y su equipo, publicada en 2026, ha derribado un dogma biológico. Los modelos climáticos actuales funcionan bajo una premisa que ahora parece ingenua: la «limitación por fuente». Asumen que la fotosíntesis es el motor único del crecimiento. Más carbono absorbido, más madera producida.

La evidencia ecológica señala en otra dirección. Nos encontramos ante una «limitación por sumidero». El crecimiento no depende de cuánto carbono ingiere el árbol, sino de su capacidad para formar nuevos tejidos en el cambium. Si ese carbono no se convierte en biomasa leñosa, regresa a la atmósfera mediante la respiración o se libera al suelo. La mejor defensa natural contra el calentamiento global queda así invalidada.

El contraste entre lo que se creía y lo que está ocurriendo no puede ser más nítido:

Lo que creíamos: la fotosíntesis impulsa el crecimiento. A más CO₂, bosques más grandes.

La nueva realidad: el crecimiento depende de la formación de tejido en el cambium. Un proceso que puede detenerse aunque la planta siga «comiendo».

Lea: El enigma del crecimiento de los bosques en un mundo cada vez más caliente: Fotosíntesis vs. Crecimiento Celular

La fisiología del cambium: cuando el motor se para

Para que un árbol crezca, el carbono no basta. Necesita presión de turgencia. Se trata de la fuerza física que el agua ejerce contra las paredes celulares. Esa presión permite que las células se «inflen», se dividan y se expandan. Constituye el corazón mismo de la fisiología cambial.

El aire seco altera este mecanismo. El agua se escapa de la planta, la presión interna cae, la célula se desinfla. El árbol puede tener todos los «ladrillos» necesarios en forma de carbono, pero sin presión de turgencia los «obreros» —la división celular— no pueden construir la estructura de madera. El crecimiento se detiene. No por falta de alimento, sino por un límite físico insalvable.

El error del 30% en los modelos climáticos

Las implicaciones de este descubrimiento son sísmicas para los Modelos del Sistema Tierra y herramientas como el CLM5-FATES. Al no incorporar los procesos de limitación por sumidero, la tecnología climática actual arrastra un sesgo peligroso.

Los modelos sobreestiman la capacidad de almacenamiento de carbono de los bosques hasta en un 30%. El error se agrava según la especie. En las coníferas, la sobreestimación del crecimiento alcanza un factor de 3. En las frondosas, el factor es de 2. El modelo falla especialmente con las coníferas porque, aunque estas parecen beneficiarse de temperaturas más altas —un efecto térmico positivo—, el software no capta su extrema sensibilidad al aire seco. El VPD triplica el error de predicción.

Un futuro desigual para los bosques europeos

El estudio proyecta escenarios dispares para mediados de siglo. Bajo el escenario SSP2-4.5, el crecimiento radial sufrirá caídas significativas en toda Europa. Las frondosas, los árboles de hoja ancha, experimentarán una reducción del 13%. Las coníferas, un 9%.

Estas cifras esconden una paradoja. Las coníferas muestran una resistencia estadística ligeramente superior porque el calentamiento global alarga su periodo de actividad. Pero su vulnerabilidad al VPD constituye su talón de Aquiles. El sur de Europa, con los mayores incrementos proyectados de sequedad atmosférica, verá cómo sus bosques mediterráneos son los primeros en fallar como sumideros de carbono. Una atmósfera cada vez más exigente en agua superará lo que su fisiología puede gestionar.

Replantear las soluciones

Estos hallazgos obligan a una recalibración profunda de las estrategias climáticas. La reforestación masiva como «solución mágica» pierde credibilidad. Si el aire mismo impide que los árboles construyan madera, plantar más ejemplares no compensará las emisiones. La maquinaria interna de los bosques está gripada por la falta de turgencia.

Los modelos informáticos necesitan incorporar la ecología real. La capacidad de la Tierra para ayudarnos tiene un techo biológico. La naturaleza impone límites fisiológicos que la tecnología aún no termina de comprender. Aprender a respetarlos quizá sea el primer paso para convivir con ellos.

Referencia
Clark, B., Visioni, D., Kothari, S., & Lerdau, M.. Land models likely underestimate the impact of future atmospheric dryness on European tree growth. Geophysical Research Letters.

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