Hace unos años, si alguien hubiera preguntado cómo se restaura un bosque tropical, habría respondido lo mismo que la mayoría: se plantan árboles. Parece de sentido común. Pero lo que está ocurriendo en las selvas de dipterocarpáceas de Borneo —esos colosos que pueden superar los cien metros de altura— está desafiando esa intuición. Y no porque plantar sea malo, sino porque, en muchos casos, llega tarde.
El problema silencioso de las lianas
Allí, en la Reserva Forestal de Sabah, un equipo de la Universidad de Bristol lleva casi dos décadas observando algo que a simple vista es difícil de percibir: que los árboles que ya están en pie, los supervivientes de la tala selectiva, llevan años luchando contra unas enredaderas que se han convertido en sus principales verdugos. No son cualquier enredadera. Son lianas, y en los claros que deja la extracción de madera, se multiplican con una rapidez que asfixia el crecimiento de los árboles.
Lo que el LiDAR reveló bajo el dosel
Para comprobarlo, han utilizado una tecnología llamada LiDAR aéreo, que funciona como un escáner láser capaz de atravesar el dosel y reconstruir en 3D la estructura del bosque. Los resultados, publicados en Current Biology, son reveladores: donde se cortaron las lianas a ras de suelo, el dosel creció casi 4 metros en nueve años. Donde se limitaron a plantar nuevos brotes, el avance fue mucho más lento: apenas 1,6 metros en el doble de tiempo.
Tres veces más rápido y mucho más barato
La diferencia, en números gruesos, es que la poda acelera la recuperación tres veces más que plantar. Y lo que es más interesante: sale mucho más barata. Intervenir una hectárea cuesta entre 140 y 330 dólares, frente a los 1.500 o 2.500 que exige producir, transportar y mantener plántulas. En términos de captura de carbono, la poda ronda los 2 dólares por tonelada, mientras que plantar árboles puede disparar el costo hasta los 58 dólares. En un mercado voluntario de carbono donde la tonelada ronda los 6 dólares, la ecuación económica se vuelve casi obvia.
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El factor clave es evitar muertes, no solo acelerar crecimiento
Pero hay un matiz que a menudo se pierde en los titulares. El éxito de esta intervención no se debe tanto a que los árboles crezcan más rápido, sino a que mueren menos. Los investigadores calculan que el 54% del beneficio proviene de lo que llaman «mortalidad evitada». Durante sequías extremas, como las que trae El Niño, las lianas son las primeras en absorber el agua del suelo, dejando a los árboles grandes al borde de la muerte. Cortarlas, aunque suene contradictorio, salva a unos cinco ejemplares maduros por hectárea. Y eso es suficiente para compensar el impacto de la tala selectiva.
Lianas no son villanas ni víctimas, solo parte del ecosistema
Ahora bien, no se trata de declarar la guerra a las lianas. No son un parásito ni un error de la naturaleza. Son parte del ecosistema: sirven de puente para orangutanes, ofrecen frutos a las aves y refugio a insectos. La estrategia que están probando ya en la vecina reserva de Ulu Segama-Malua consiste en eliminar entre el 60% y el 80% de las lianas, no todas. Es una poda quirúrgica, que alivia la presión sin destruir los corredores ecológicos.
Una lección para los proyectos de restauración
A mí me parece que este tipo de enfoques deberían cambiar la forma en que diseñamos los proyectos de restauración. Durante años hemos asociado conservación con plantar árboles, como si fuera un acto casi simbólico. Pero en ecosistemas complejos, a veces la intervención más útil es la que libera lo que ya existe. No se trata de construir un bosque nuevo, sino de despejar el camino para que el viejo se recupere por sí solo.
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La opinión del investigador que lidera el estudio
Toby Jackson, el investigador que lidera el estudio, lo resume con una frase que me parece bastante sensata: es una forma razonablemente rentable de restaurar bosques talados. Sin estridencias. Sin épica. Solo con datos y con una visión más realista de lo que funciona y lo que no.
Mirar lo que ya tenemos delante
Al final, quizá el problema no sea que plantemos pocos árboles, sino que no estamos mirando con atención lo que ya tenemos delante. Y en selvas como las de Borneo, donde cada metro de dosel cuenta, eso puede marcar la diferencia entre una recuperación lenta y una que realmente llegue a tiempo.
Fuente: DFM
El estudio ha sido publicado en Current Biology.










